Cuando la pegada de Rubén mantuvo líder al Levante ante la Real Sociedad

El partido pareció congelarse durante los minutos finales de la cita entre el Levante y la Real Sociedad como si anunciara una variación drástica. La luz pareció difuminarse para acentuar las figuras de Rubén Suárez y Claudio Bravo. Todas las miradas quedaban centradas en la intervención del atacante y en la respuesta del arquero. Dos opuestos cara a cara por la lucha de una confrontación que se desvanecía con igualdad en el marcador (2-2). Era una batalla titánica de caracteres antitéticos. Atrás quedaba un partido de signo incierto dominado a impulsos. Fustigaba la Real Sociedad el marco de Gustavo Munúa y contratacaba el Levante de Juan Ignacio Martínez tratando de recuperar la energía y el orden impuesto. Más tarde las tornas cambiaron. A golpetazos se fue consumiendo una confrontación disputada en jornada inter-semanal hasta que el futbolista asturiano y el arquero, que encarnaban fuerzas de raíz opuestas, citaron sus destinos. El pálpito del corazón de Orriols se aceleró de repente. Rubén era un consumado especialista desde la estrategia y el encuentro moriría aventurando ese tipo de lances. Fue el 26 de octubre de 2011.

Para Rubén surgía un territorio por conquistar, pero la jugada no entrañaba misterios. La había repetido con éxito mil y una veces durante su estancia en las filas del Levante. Su hoja de servicios era intachable. Y sus botas estaban adiestradas para encontrar soluciones. Solo tenía que repetir el protocolo habitual que enfatizaba la concentración, alzar la vista al frente y buscar ese agujero únicamente visible a sus ojos por el que ajustar el esférico. Entre Rubén y Bravo se interpuso un océano de piernas y cuerpos que había que asaltar. Del Horno jugada al despiste incluido en la tupida barrera que el meta chileno mandó construir. Rubén tomó carrerilla, tensó la pierna izquierda, con la fuerza de una ballesta, e impactó en el cuero para rasgar la igualada ante la pasión desenfrenada de una masa social que no quería despertar del sueño que significaba mantener la condición de líder de la Primera División al menos durante una jornada más.

Fue, sin duda, uno de los condicionantes que singularizó aquel encuentro disputado ante el grupo dirigido por Philippe Montanier. El Levante saltó al feudo de Orriols todavía convulsionado tras la demostración de fuerza que le permitió rendir el feudo de El Madrigal. Aquel triunfo sobresaliente ante el Villarreal (0-3) elevó a la escuadra azulgrana a los altares de la clasificación. No había indicios de una situación de similares características en su historia ya centenaria. “El liderato es anecdótico, pero lo vamos a defender al cien por cien y a muerte como en cada partido para demostrar que, aunque sea anecdótico, lo podemos llevar más lejos y cuanto más lejos lo llevemos mucho mejor para la permanencia”, manifestó Valdo en las horas previas al duelo separando el grano de la paja, pero advirtiendo del espíritu irreducible de un bloque que trataba desafiarse a sí mismo para retar a rivales que multiplicaban su presupuesto.

El duelo nació desde la contradicción tras la diana de Estrada en el minuto tres. No obstante, Nano y Valdo en cinco minutos mágicos, entre el 56 y el 61, se lanzaron al abordaje para voltear un luminoso que Iñigo pareció apaciguar en el 86. Restaba el ruido ensordecedor que ocultaban las menudas botas de Rubén para resguardar un liderato que surgía como la metáfora resplandeciente de la fe que exhibían un puñado de futbolistas con conciencia de pertenencia de clase elevados a la categoría de gladiadores cada vez que pisaban el verde y defendían la camiseta con las barras azulgranas.

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